SIGNIFICADO DE FRASES POPULARES

SIGNIFICADO DE FRASES POPULARES

Tirar la casa por la ventana

El significado literal de esta vieja locución española es el de “derrochar, gastar sin ningún control ni medida”. Su origen se remonta al reinado de Carlos III en la España del siglo XVIII, cuando se estableció el juego de la lotería organizada por el Estado, que garantizaba el pago de los premios, razón por lo que el juego citado se popularizó de inmediato. Dícese que los primeros ganadores de aquella lotería española, para celebrar su reciente e inesperada fortuna, solían arrojar desde las ventanas de sus casas todo aquello que ya no iban a usar más: ropas, platos, muebles y muchos otros enseres. Por extensión, hoy la frase se aplica, fundamentalmente, a aquellas personas que viven por encima de sus posibilidades económicas.

Ser un atorrante

Dícese de esta frase hecha que es de origen lunfardo, argentino, con el significado de “ser un vago, alguien que vive al día y sin trabajar”, si bien en el castellano de España tiene el sentido despectivo referido a “ser persona desfachatada y desvergonzada”, mientras en Honduras significa “persona errante, vagabundo sin domicilio fijo”. Los argentinos creen que esta expresión procede de cuando se construyeron las primeras cloacas modernas en Buenos Aires, a fines del siglo XIX, en las que se utilizaron enormes cañerías cuyo fabricante era un tal "A. Torrant". Tales conductos eran el refugio elegido por los mendigos para dormir.

Ser el abogado del diablo

La definición de “Ser el abogado del diablo” suele aplicarse en lenguaje metafórico a las personas que aconsejan a otras de forma retorcida o maliciosa. También es utilizada en el sentido de verse una persona obligada a defender una causa o asunto de importancia aunque, en conciencia, sostenga la contraria y no esté a favor de tal causa o asunto.

Ser cabeza de turco

Esta expresión alude a quien resulta objeto de acusaciones o responsabilidades y sujeto unilateral de las mismas, siendo culpado, generalmente, por las acciones de todo un grupo. Proviene, probablemente, de tiempo de las Cruzadas, cuando los cristianos se dedicaban a cortar las cabezas de los turcos como quien pela papas. Otro posible origen puede proceder de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), cuando el almirante turco Alí Bajá fue decapitado por un galeote cristiano con su hacha de abordaje, tras una rebelión de los cristianos prisioneros que navegaban en las galeras turcas. Aquel célebre episodio de Lepanto terminó con una escabechina: sólo 50 de las 300 naves turcas pudieron escapar y se contaron por miles las cabezas de turco que cayeron bajo los filos de las espadas cristianas.

Quemarse las cejas

El significado literal de esta expresión popular se aplica al estudiante de cualquier disciplina que está entregado absolutamente al estudio. Significado y origen concuerdan en su sentido que no es otro que el de estudiar de noche, pasarse las noches en vela estudiando, que en otros tiempos, y ante la carencia de la luz eléctrica, se hacía a la luz de las velas o velones, cuya llama podía accidentalmente quemar o chamuscar las cejas de los que, absortos en el estudio, se acercaban a la llama.

Por si las moscas

Esta expresión es sinónimo de “por si acaso, por lo que pudiera ocurrir” y tiene un claro significado preventivo que, en ocasiones, se acentúa afirmando: “por si las moscas pican” ('desazonan, incomodan, abrasan').

El origen de esta expresión tal vez pueda estar en la leyenda que cuenta que las moscas conocidas con el nombre de "moscas de San Narciso" brotaron repentinamente en 1285 de la tumba de este santo gerundense y atacaron al ejército francés, que al mando de Felipe 'El Atrevido', se disponía a sitiar la ciudad de Gerona. Las famosas moscas levantaron el pánico y contagiaron la peste entre los invasores, quienes tuvieron que levantar el sitio mientras salían espantados.

Mucho ruido y pocas nueces

No es muy segura la procedencia de esta locución, aunque es sobradamente conocida en España una anécdota que podría explicar el origen del dicho.

Según relato del conde de Clonard, en 1597 las tropas españolas tomaron la ciudad francesa de Amiens, merced a una treta urdida por el capitán Hernán Tello de Portocarrero, que vistió de labradores a dieciséis de sus soldados que hablaban muy bien el francés.

Estos hombres penetraron en la ciudad provistos de sacos de nueces, cestos de manzanas y un carro de heno. Apenas entraron en la ciudad, uno de los soldados dejó caer voluntariamente uno de los sacos de nueces, lo que movió a los soldados franceses a recogerlas del suelo. Esta situación permitió a los españoles que sacaran sus armas de la carreta de heno y así consiguieron reducir a las tropas locales, permitiendo el asalto de una columna invasora.

Posteriormente, los franceses recobraron la plaza, pero la astucia de la estratagema habría dado origen al dicho “ser más el ruido que las nueces”.

Con el correr del tiempo, la frase pasó a formar parte del léxico popular, como manifestación de exagerada demostración de un hecho que no tiene tanta trascendencia.

La espada de Damocles

Según cuentan Horacio en una de sus "Odas" y Cicerón, en sus "Tusculanas", Damocles era cortesano de Dionisio I, El Viejo (siglo IV, AC), tirano de Siracusa, a quien envidiaba por su vida aparentemente afortunada y cómoda.

El rey, con el propósito de escarmentarlo, decidió que Damocles lo sustituyera durante un festín, pero para ello dispuso que sobre su cabeza pendiera una afilada espada desnuda suspendida de una crin de caballo.

De esta manera, Damocles pudo comprender lo efímero e inestable de la prosperidad y del lujoso modo de vivir del monarca.

La frase la espada de Damocles se utiliza desde hace mucho tiempo, para expresar la presencia de un peligro inminente o de una amenaza.

Mea culpa

Sintácticamente, esta expresión de origen latino es un complemento circunstancial de causa y su traducción literal es “por mi culpa”. Sin embargo se ha substantivado, y cuando uno entona el mea culpa quiere decir que se está declarando culpable de alguna acción negativa. La expresión está tomada de la liturgia de la misa cristiana, cuando se decía en latín y el sacerdote se declaraba pecador y dándose tres golpes de pecho decía “mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa”, que significa “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

Estar al pie del cañón

Se utiliza esta frase hecha para indicar que una persona permanece en actitud firme ante una situación comprometida, difícil o penosa, cuando todos los demás han abandonado. La frase tiene su origen en el ámbito militar y hace alusión a los soldados de infantería que tienen a su cargo, no sólo cargar y disparar el cañón, sino aguantar el fuego enemigo, cuando es uno de los lugares más peligrosos en el frente porque es fácilmente identificable. El origen de este modismo pudiera enlazar con la gesta de Agustina Zaragoza, la heroína del sitio de la ciudad del mismo nombre durante la Guerra de Independencia española contra los franceses. Agustina tomo la decisión de permanecer junto a un cañón cuyos servidores habían caído en combate y, ocupando su lugar, disparó la pieza contra el enemigo. Su gesto simbólico y valiente no sólo ha pasado a los anales de la Historia de España sino que, posiblemente, diera lugar al nacimiento de este modismo que significa resistencia y heroicidad ante una situación límite.

En un santiamén

La expresión es una corrupción fonética de las últimas palabras de la misa (In nomine Patri, Filii et Spiritus “Sancti, Amén”) y de algunas oraciones religiosas. Su origen puede ser el siguiente : cuando acababa la misa, algunos feligreses, en su celeridad por irse de la iglesia, acortaban la expresión tanto como podían y pronunciaban “santiamén” sin pararse en la coma y sin saber lo que significaban realmente aquellas palabras latinas, ya que el olvido del latín produjo ciertas situaciones curiosas.

El oro y el moro

Es una locución bastante difundida en nuestro lenguaje coloquial y, por lo general, se usa para ponderar el precio y el aprecio (a veces, bastante exagerado) de una cosa o persona.

El origen del dicho fue un hecho de armas protagonizado por un grupo de caballeros jerezanos durante las guerras de la Reconquista española.

Sucedió que, durante una incursión afortunada, estos caballeros lograron capturar a unos cincuenta moros notables, entre los que se encontraban Abdalá, alcaide de la ciudad malagueña de Ronda y un sobrino de éste, llamado Hamet.
El alcaide obtuvo muy pronto su rescate, mediante el pago de una fuerte suma de dinero, pero no así los demás -ni siquiera su sobrino Hamet-, pese a los enérgicos requerimientos del propio rey Juan II de Castilla.

Los caballeros -y particularmente, la esposa de uno de ellos- exigían la entrega de cien doblas (monedas castellanas de oro) por la liberación del cautivo.

En virtud de esto, el rey ordenó que Hamet fuese trasladado a la Corte, pero debido al litigio entre el soberano y los caballeros por el cobro del rescate, la malicia del pueblo no tardó en acuñar la frase “quedarse con el oro y el moro”, aplicada a la sólo aparente intención negociadora (en su favor) del rey.

Con el tiempo, el dicho comenzó a aplicarse para censurar a toda persona que pretende retener más de lo que le corresponde por derecho, y así es como lo usamos en la actualidad.

El perro del hortelano

Esta expresión tan popular suele aplicarse a quienes no aprovechándose de las cosas impiden al mismo tiempo que otros se aprovechen de ellas. Hace alusión a los perros de los hortelanos que desprecian los frutos de un huerto y además los protegen. La forma original, rimada y completa de este modismo es: “el perro del hortelano, que ni come las coles, ni deja que se las coma el amo”. Obviamente, el perro no suele comer coles ni otros frutos de la huerta, de manera que el origen de esta frase parte de un pensamiento falso vulgarizado.


El que se fue a Sevilla, perdió su silla

Durante el reinado en Castilla de Enrique IV de Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a su vez designado arzobispo de Santiago de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría tomar posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago con el objeto de allanarle las dificultades. A cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en los negocios de su sede en Sevilla. Así se hizo y con los mejores logros, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión, regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se resistía a abandonar la sede arzobispal, alegando que el arreglo había sido permanente. Para reconducir el litigio se hizo necesaria la intervención del Papa y hasta la del propio rey Enrique. El joven, una vez que viajó a Santiago acabó siendo preso y sentenciado a cinco años de condena por otros delitos, pero su carrera continuó y llegó a ocupar los más altos cargos eclesiásticos hasta ceder la sede compostelana a su propio hijo. De aquel suceso, muy comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser : “ El que se fue de Sevilla, perdió su silla” y no como aún hoy lo conocemos, “El que se fue a Sevilla, perdió su silla” .

El talón de Aquiles

Aquiles, el héroe de la “Ilíada”, sólo podía ser herido en una parte de su cuerpo: el talón (no se especifica cuál de los dos, si el derecho o el izquierdo). Cuando era niño, según la leyenda, su madre Thetis lo sumergió en el Estigia, uno de los ríos que circundan el infierno. Quien se bañaba en él se volvía invulnerable. Pero el talón del que la madre lo sostenía no fue mojado por las aguas mágicas. Por eso murió en el sitio de Troya: una flecha envenenada le dio justamente en el talón. La frase alude hoy a los aspectos más débiles y más expuestos de un individuo. Si sucumbe con facilidad a los flechazos del halago o de una tentación determinada, decimos que esas "zonas débiles” representan su talón de Aquiles.

El cuento de nunca acabar

Este modismo proviene de la tradición de los llamados “cuentos de la buena pipa” y en otros lugares, concretamente en Andalucía, del llamado “cuento de la haba que nunca se acaba”. En todos estos tradicionales cuentos comienzan unos relatos que parece ser prometedores y que acaban siendo repetitivos, interminables y aburridos. Cuentos en lo que no se cuenta nada y que se agotan en sí mismos como recurso expresivo. Es la razón por la que se usa este modismo para aludir a un asunto cuya solución no parece tener fin por una serie indefinida de demoras en cuanto a su conclusión definitiva.

Dorar la píldora

Los medicamentos (infusiones, polvos, brebajes...) se han caracterizado siempre por tener un sabor amargo, lo cual los hacía molestos en el momento de tener que tragarlos, pero eso era considerado algo natural, tanto como lo era el hábito de tener que soportar el dolor.

Hoy, todos sabemos que esos botoncitos compuestos por distintas variedades de productos medicinales llamados píldoras suelen estar integrados -por lo general- por elementos de sabor amargo y desagradable al paladar.

De ahí, que los antiguos boticarios, tal como se sigue haciendo en el día de hoy en los modernos laboratorios farmacéuticos, para disfrazar o disimular ese desagradable sabor, acudiesen al recurso de “dorar la píldora” con alguna substancia de gusto azucarado y suave al paladar, de manera que se facilitara la acción de ingerir el medicamento.

Ese es el sentido de la expresión “dorar la píldora”, que hoy aplicamos en el lenguaje cotidiano en el sentido de realizar un acto o expresar una opinión con amabilidad y suavidad y tratando de no herir o molestar a quien nos escucha. También se sobreentiende en el sentido de halagar, interesadamente, a un interlocutor de quien se pretende un beneficio.

De capa caída

Según el Diccionario de la Real Academia Española la expresión “ir de capa caída” es sinónimo de “padecer una sensible decadencia material o moral”. La citada expresión se aplica también a los objetos cuando van “cayendo en desuso”, cuando están pasados de moda o cuando una epidemia “pierde intensidad”.

Con relación al origen de esta locución, la opinión más extendida es la que se refiere a la capa de hojas de los árboles, que al caerse lo dejan desnudo. Aunque resulta más creíble la conjetura de que proviene del modismo francés “chape chute”, del siglo XII, que en un principio significaba “cosa provechosa”. Dicha expresión cambió en el siglo XVII, cuando “chercher chape chute” equivalía a “buscar mala ventura”.

Agarrar o pillar “in infraganti”

La expresión coger o pillar “in infraganti” significa ‘en el mismo momento de realizar una acción, generalmente considerada en sentido negativo’. Es una locución latina que libremente traducida significa ‘en el fuego’. El origen de la expresión proviene de “flagrare” (‘arder’), el mismo que el de la palabra flagrante, que se aplica a los delitos evidentes o al delito de “deflagración” (‘explosión’).

Creer a pies juntillas

Se utiliza este dicho popular para indicar que una persona cree en alguien o en algo de manera absoluta, sin necesidad de verificar la realidad de su existencia.
La expresión tiene su origen en un juego infantil que consiste en saltar, con los pies juntos y con los ojos cerrados o vendados, de un cuadro que está pintado en el suelo a otro, siguiendo las indicaciones que aporta un compañero que está contemplando la jugada y al que hay que creer a ciegas para no incurrir en el error de saltar fuera del cuadro.

Dar gato por liebre

Si hay algo que ha mantenido la tradición con el paso de los siglos, es, sin duda, la mala fama de las posadas, hosterías y fondas, respecto de la calidad de sus comidas.

La literatura universal está llena de alusiones, muchas de ellas irónicas, acerca del valor de los alimentos ofrecidos en ellas.

Y era tanto el descrédito de estos lugares, que llegó a hacerse usual entre los comensales la práctica de un conjuro, previo a la degustación, en el que aquellos, parados frente a la carne recién asada, recitaban:

“Si eres cabrito, mantente frito;
Si eres gato, salta al plato”.

Por supuesto, este "exorcismo" nunca sirvió para demostrar la veracidad de la fama de la posada, pero dio origen a la expresión “dar gato por liebre”, que con el tiempo se incorporó al lenguaje popular como equivalente de engaño malicioso por el que se da alguna cosa de inferior calidad, bajo la apariencia de legitimidad.

Bailar en la cubierta del Titanic

Esta moderna locución, utilizada en diversos idiomas, está referida a las situaciones de peligro inminente y postula hacer caso omiso del riesgo que se corre, asumiendo en ocasiones una actitud indiferente ante el peligro que se avecina.

Como el mismo dicho evoca, proviene de la célebre catástrofe del "Titanic", hundido en 1912, y está probablemente inspirado en la leyenda de la orquesta del citado barco de lujo, de la que se cuenta que estuvo tocando mientras el transatlántico se sumergía lentamente en el océano.

Bajo la batuta

“Batuta”, procedente del término italiano “battuta”, que significa “pulsación”, está presente en la construcción de diversos modismos castellanos. A saber:

“Bajo la batuta”, que tiene dos acepciones: dirigiendo una orquesta y estar bajo el mando y la dirección de otra persona.

“Llevar la batuta”, más o menos equivalente al modismo anterior, alude a llevar el mando, la dirección, la responsabilidad, determinando lo que se ha de hacer o la conducta que se debe seguir.

“Tomar la batuta”, tomar el mando o la dirección de una empresa o acto. En ocasiones, en lugar del verbo “tomar” puede aparecer algún otro verbo equivalente.

Brillar por su ausencia

Entre los romanos existía la costumbre de exhibir en los actos fúnebres los retratos de todos los antepasados y deudos del difunto. Por eso, el célebre historiador Tácito, al relatar en el libro III de sus "Anales" las honras fúnebres de Junia -viuda de Casio y hermana de Bruto (el asesino de Julio César)- cuenta que todo el mundo se daba cuenta de la ausencia ("brillaban" por ella) de la efigie de los dos criminales. Posteriormente, en el siglo XVIII, el gran poeta francés André de Chenier puso de moda la expresión brillar por su ausencia que todo el mundo usa hoy, a veces con mala intención, para resaltar la falta de algo o alguien en determinada circunstancia.

A boca de jarro

En el uso habitual de este modismo suele emplearse con más frecuencia la forma apocopada “a bocajarro”. Como referencia al nombre del recipiente presente en la frase (jarro), denota la acción de beber sin tasa y sin medida, aunque también es sinónimo de improvisación, de acción repentina (disparó a bocajarro) y en tal sentido se emplea el dicho en sus diversas variantes en el idioma castellano: “a boca de cañón”, “a quemarropa”, lo que es decir, de improviso, inopinadamente, sin preparación no rodeos.

A la tercera es la vencida

Expresión de tono optimista que asegura que, luego de haber fracasado en dos intentos, la próxima vez se logrará lo propuesto, por lo que se exhorta a la persona a perseverar en su esfuerzo. El origen parece estar en el vocabulario de la lucha cuerpo a cuerpo (y en otras clases de enfrentamientos), en la que el luchador que derribaba tres veces a su adversario ganaba, aunque algunos sostienen que, primitivamente, se consideraba ganador al que mejor se desempeñaba en un total de tres juegos. Como vemos, siempre era el número tres el elegido. En el ámbito de la Justicia de los siglos XVI y XVII, en la práctica procesal del derecho penal, se establecía la muerte al tercer robo, con lo que para el reo, al igual que para el luchador, la tercera, era la vencida.

A ojo de buen cubero

Se utiliza este dicho cuando se quiere expresar que algo se lleva a cabo de forma aproximada, sin tomar las medidas necesarias para que se garantice su correcta ejecución. En tal sentido tiene una connotación negativa pues se estima que las cosas se deben realizar con una planificación determinada y tomando una serie de medidas, para evitar errores y repeticiones futuras. Se ignora la procedencia de este modismo. Tal vez tenga relación con el nombre aplicado al fabricante de “cubas” (cubero, del latín “cuparius”) no obligado a tomar determinadas medidas en la fabricación de las mismas, dado lo aleatorio de su cubicación o volumen.

A otro perro con ese hueso


La expresión se usa como una forma de desanimar a quien quiere hacernos creer una mentira o bien nos ofrece algo cuya calidad es inferior, invitándolo a que lo intente con otra persona, aludiendo de esta forma a la ingenuidad del perro, que corre detrás de cualquier cosa que se parezca a un hueso, sea una piedra o un hueso de plástico. 

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