EL DESPENADOR
EL DESPENADOR Bordeaba los cinco años de edad cuando mi abuelita materna Rosalía, por medio de señas apremiantes, me pidió acercarme donde se encontraba ella, sentada en una inveterada butaca elaborada de recio cedro, tapizado a su vez con una lona gruesísima como las usadas en el velamen de los navíos de propulsión eólica; a este viejo armatoste lo había ubicado estratégicamente cerca a la puerta del corral para aprovechar la tibieza de los rayos matinales, que irradiando su luz pletórica le iluminaba su rostro trigueño ajado por los mil sacrificios y desvelos que había sufrido hasta muy entrada su madurez, sacrificios necesarios para proveer del sustento a su numerosa prole, hoy, menguada y reducida a su mínima expresión producto de las vicisitudes de la vida o de los zarpazos que la muerte agazapada enviaba furtivamente. Presuroso y solícito me acuclillé frente a ella, más intrigado que curioso. Ella se caló esos lentes que poco le servían ya para la lect...