EL SEÑOR ZÚÑIGA. PERCY ZAPATA MENDO.

EL SEÑOR ZÚÑIGA

El señor Zúñiga era un anciano que vivía en una tierra ocre que emergía, como una lengua rodeada por las fauces al borde del camino.
Allí, junto a su pequeña casa de adobe, cultivaba una huerta y, en ella, un naranjo que lucía siempre frutecido.
En el naranjo habitaba un tordo negrísimo y cantor: el naranjo era para el tordo, lo que la casa para el señor Zúñiga. Y ambos discurrían por la casa y el huerto libremente, en un silencio tácito y cómplice.
El anciano no tenía perro. Tampoco, espantapájaros que le cuidara el huerto. No los necesitaba. Bastaba con el tordo, que, ante la presencia de extraños, se ponía a cantar alborotado; y si el extraño era una criatura de igual o menor tamaño que él, lo sacaba a picotazo limpio de la huerta.
El viejo vivía (no diré feliz; pero sí, serenamente) entre lechugas, cebollas, coliflores, repollos, su hermoso árbol de naranjas y su negro pájaro cantor. Él, encorvado, recogiendo la mala hierba de los surcos. Y el tordo, a veces, en el naranjo; y en otras, posados en el dorso del viejo, con el pico semi abierto, alerta a los zancudos y mosquitos que fastidiaban a su envejecido camarada de la vida.
Yo les miraba desde un montículo de piedras calizas o tras de un árbol de Ponciano, y al verles, en tan armoniosa  convivencia, me angustiaba la idea que la muerte, como caballo chúcaro, entrara a estropearlo todo.
Mi padre decía que el naranjo probablemente sobreviviría al viejo; pero, en cuanto al tordo, no aventuraba opinión.
-          ¿Y qué será del árbol sin el viejo? – inquiría, yo, sobresaltado.
-          Los árboles pueden vivir sin ayuda de los hombres – respondía con paciencia mi papá.
-          ¿Y el tordo? ¿Qué será del tordo?
-          Podrá regresar con su antigua familia...
-          ¿Se irá contento? ¿Lloran los pájaros?
Mi papá enmudecía siempre ante la última pregunta, no sé si porque se trataba de una necedad de mi parte, o porque desconocía a ciencia cierta si un ave tuviera la facultad de llorar.
Una tarde de mayo, un disparo sobrecogió los aires. Desde el   camino, una ráfaga de perdigones disparada por un cazador furtivo abatió al tordo que a esa hora cantaba en el naranjo. Entonces, todo calló en la parcela. Todo. Incluso el señor Zúñiga, que se encerró en su casa y ya nunca más volvió a salir.

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