HISTORIA MILITAR. LA CONQUISTA DEL PERÚ DESDE EL PUNTO DE VISTA DE HISTORIADORES ESPAÑOLES.
HISTORIA MILITAR. LA CONQUISTA DEL PERÚ DESDE EL PUNTO DE VISTA DE
HISTORIADORES ESPAÑOLES
Pizarro, el conquistador que venció a 40.000 soldados incas con 200
españoles
MANUEL P. VILLATORO /
MADRID
Día 21/01/2014 - 16.47h
En los años en los que todavía no se conocían todos los
recovecos del planeta eran pocos los que se atrevían a adentrarse en las
desconocidas e inexploradas selvas del llamado Nuevo Mundo. Sin embargo, entre
ellos se encontraba Francisco Pizarro, un español que, mediante espada y morrión,
dirigió varias partidas de exploración a Perú y llegó a vencer, junto a otros
200 españoles, a un ejército de casi 40.000 incas.
Y es que el siglo XVI fue uno de los más prolíficos para la
Corona, que mediante Pizarro tomó posesión de una gran parte del oeste de
América del Sur. No obstante, esta tarea se realizó gracias al sacrificio de
cientos de españoles que, con la promesa de un futuro mejor, se adentraron en
inhóspitos e inexplorados territorios sabiendo de antemano que en cualquier
momento les podía llegar la muerte.
Aunque a día de hoy todavía no se conoce la fecha exacta en
la que nació Francisco Pizarro, se ha establecido la posibilidad de que fuera
entre 1476 y 1478. Sin embargo, lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el
lugar en el que su madre dio a luz fue el pueblo de Trujillo, en el corazón de
Extremadura. A su vez, existe consenso en relación a sus progenitores.
Concretamente, fue hijo bastardo de don Gonzalo Pizarro (héroe de guerra que
luchó a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, el «Gran Capitán») y
Francisca González.
Desde pequeño, Francisco nunca se destacó por su interés en
la cultura, algo que sin duda ayudó a su padre a tomar la decisión de obligarle
a cuidar cerdos. Sin embargo, y según cuenta la leyenda, a los pocos años los
animales a su cuidado contrajeron una grave enfermedad y Francisco, por temor a
ser culpado de ello, huyó a Sevilla con tan sólo 15 años. Desde allí iniciaría
su vida militar, pues decidió embarcarse rumbo a Italia para luchar en los
Tercios.
Pizarro comenzaría su andanza por las tierras del Nuevo Mundo
con 24 años. Al parecer, viajó a América, como muchos, seducido por las
aventuras y la posibilidad de ganar dinero. Tras su llegada participó como
soldado en varias expediciones sabiendo de antemano que, debido a que era un
hijo bastardo y carecía de cultura, le sería muy difícil ascender.
Eran años difíciles en los que los españoles trataban, a
costa de multitud de vidas, de asentarse en el territorio luchando contra los
naturales del lugar: los indígenas. «Los indios eran exóticos. Andaban
desnudos, dormían en casuchas de madera y dormían en hamacas. Eran lampiños, de
menor estatura que los españoles, pero bien proporcionados (…) En cuanto a las
mujeres, iban descubiertas de medio cuerpo hacia arriba (…) Las vírgenes
dejaban ver su cuerpo enteramente desnudo», determina el escritor y graduado en
Derecho Roberto Barletta Villarán en su libro «Breve historia de Francisco
Pizarro».
Todo cambió radicalmente para Pizarro durante una de las
expediciones que dirigió el conquistador Alonso de Ojeda con la intención de
tomar el golfo de Urabá (ubicado cerca de Panamá). El cometido, que en
principio no parecía dificultoso, se complicó cuando los nativos locales,
armados con arcos y flechas untadas en veneno, asediaron el emplazamiento
español levantado en el territorio: el fuerte de San Sebastián.
Tras rudos combates en los que los españoles perdieron
multitud de hombres, todo terminó de complicarse cuando Ojeda recibió un
disparo en su pierna y tuvo que ser evacuado en un buque. En ese momento fue
cuando Pizarro, un militar anónimo para todos hasta el momento, recibió, casi
por obligación, su primer mando a los 32 años de edad.
«Al despedirse de sus
hombres, Alonso de Ojeda (…) dejó a cargo al soldado barbudo (…). Su nombre lo
conocía bien. A sus dotes por él conocidas se sumaba que era uno de sus mejores
soldados y que (…) parecía inmune a las plagas que asolaban a su hueste. No
dudó en dejarlo al mando ascendiéndolo a capitán y nombrándolo jefe de la
expedición en su ausencia», destaca el autor.
Antes de partir, Ojeda ordenó a Pizarro resistir durante 50
días en el fuerte con los escasos soldados de los que disponía. A su vez,
determinó que, si pasado ese período no recibía refuerzos, tenía potestad para
huir junto a sus hombres en dos bergantines que dejaba a su disposición. El
español no lo dudó y se aprestó a defender el lugar durante ese largo tiempo.
Una épica y mortal
defensa
El aventurero realizó varias partidas de exploración al
territorio desconocido de Perú, donde se tuvo que enfrentar a todo tipo de
peligros
Las promesas de riqueza cautivaron así al barbudo
conquistador español, que organizó en 1524 una primera expedición formada por
dos desvencijados barcos, 110 hombres, 4 caballos e, incluso, un perro de guerra.
No obstante, y a pesar del dinero invertido, esta primera aventura no tuvo
demasiado éxito. A pesar de todo, Pizarro no se dio por vencido, y tan sólo dos
años después planeó un nuevo viaje en el que, con unos recursos similares,
partió de nuevo en busca de Perú.
Este viaje armado fue planeado apenas dos años más tarde. «La expedición dejó el puerto de Panamá el
20 de enero de 1531. Llevaba más de 180 hombres y una buena treintena de
caballos. (…) Conociendo la importancia militar que tenían entonces estos
animales en los combates contra los indios, es una prueba manifiesta de que
esta vez el objetivo ya no era explorar Perú, sino más bien conquistarlo
militarmente», señala Lavallé.
Al mando de este contingente se destacó Pizarro, quien nombró
a su hermano Hernando como uno de sus más destacados oficiales. No pasó mucho
tiempo hasta que la columna española, que contaba en este caso con arcabuces
-un arma muy temida por indígenas-, decidió pisar definitivamente suelo
peruano. De hecho, planearon invadir a la civilización inca aprovechando que
esta se encontraba sumida en una guerra civil que enfrentaba a dos de sus
líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.
En poco tiempo, el contingente español recorrió hacia el sur
un amplio trecho de la costa oeste de América del sur sin encontrar ni una mera
onza de oro. A esto se unió el hecho de que, cuando la desesperación empezaba a
cundir entre los soldados -ávidos de riquezas-, llegaron informes de que
Atahualpa se había puesto al mando de un contingente formado por miles de incas
en el norte. Aunque es cierto que los conquistadores desconocían la actitud del
líder suramericano hacia ellos, no podían correr el riesgo de que ese inmenso
ejército se hubiera constituido para darles caza.
En busca de Atahualpa
Hoy todavía se desconoce por qué se tomó la decisión, pero ya
fuera por soberbia, por descubrir las verdaderas intenciones de Atahualpa, o
por buscar suerte en el norte, Pizarro decidió que partiría con sus soldados al
encuentro del inca.
De nuevo, y haciendo uso de su oratoria, dio un discurso a
los soldados en el que, según los cronistas, señaló que, en el caso de que los
incas fueran hostiles, confiaba en que sus soldados estarían a la altura de las
circunstancias. «Habría dejado saber a
sus hombres que debían estar listos para cualquier eventualidad. Poco importaba
su pequeño número frente a la “multitud de gentes” que rodeaban al inca.
Pizarro esperaba que todos dieran “muestras
de coraje como tenían costumbre como buenos españoles que eran”», señala el
autor.
La suerte estaba echada. El contingente español formó
decidido a avanzar hacia la ciudad de Cajamarca (ubicada en la sierra norte de
Perú), al encuentro del poderoso líder inca. Desconocían si este combatiría o
no, pero estaban decididos a hacer frente a cualquier eventualidad y confiaban
en sus cañones, en sus fieles arcabuces -cuyo estruendo acongojaba a los
indios-.y en sus caballos -animales que los nativos creían infernales y ante
los que huían aterrados-.
Durante el largo camino, sin embargo, todo tipo de emisarios
de Atahualpa acudieron al encuentro del pequeño ejército de Pizarro,
ofreciéndoles multitud de regalos e informándoles de que su jefe pretendía
reunirse con ellos en Cajamarca. No obstante, esto no relajó a los oficiales
españoles, cuya vista se iba a la empuñadura de la espada con cada paso que
daban. Tal era el recelo, que algunos oficiales de la columna aconsejaron al
español no comer ni beber nada enviado por el rey enemigo.
Llegada a Cajamarca
El 15 de noviembre de 1532, la columna vio por fin la entrada
de Cajamarca, una bella ciudad pétrea a 2.700 metros de altura. «Los españoles se quedaron mudos por el gran
espanto que sintieron al ver la extensión del campamento enemigo. En él habría
unas 50.000 personas, más de la mitad guerreros», explica, en este caso
Barletta.
En un intento de ganar confianza y desconcertar a los
posibles asaltantes que esperaran escondidos en la ciudad, Pizarro ordenó que
sus jinetes entraran con un estruendoso galope en Cajamarca. En cambio, no hizo
falta usar el terror que insuflaban las monturas españolas en los indios, pues
esa parte de la ciudad estaba desierta. Aprovechando esa pequeña ventaja, los
militares españoles decidieron entonces asentarse en la plaza central del
lugar, la cual podría hacer las veces de fortaleza al contar sólo con dos
entradas entre los edificios.
Curiosamente, pronto llegó al encuentro de Pizarro un
emisario inca para informar a los españoles de que su jefe, Atahualpa, se
encontraba acuartelado junto a sus hombres en un complejo cercano. No había más
que hablar: Pizarro encomendó a su hermano dirigirse al lugar y entrevistarse
con el líder suramericano.
Sin embargo, también ordenó a Hernando que ejecutara un
curioso plan que había elaborado para poder vencer al inmenso ejército inca. «Pizarro pensó que Atahualpa podía atacar
esa noche, así que tomó la iniciativa. Invitaría al Inca a cenar con él, y en
ese momento lo apresaría. (…) El plan era osado, pero (…) lo ejecutó con
firmeza», señala el autor peruano.
Tras seleccionar a una pequeñísima escolta, Hernando se
presentó ante Atahualpa. Este, según Lavallé, era un hombre fuerte, atractivo y
de unos treinta años. Altivo, el líder Inca no se dirigió en ningún momento de
forma directa al representante español, sino que hizo que sus palabras pasaran
primero por un noble. Por su parte, los españoles no descabalgaron de la
montura en toda la entrevista ante el miedo de ser atacados.
Tras beber un licor local -no sin recelo por parte de los
españoles, que seguían manteniendo la idea de que los presentes que se les
otorgaban podían estar envenenados- Hernando pidió al líder Inca, como estaba
previsto, acudir a cenar al improvisado cuartel español. Tras unos segundos,
Atahualpa decidió no decepcionar a los visitantes y, aunque explicó que aquel
día ya era tarde, acudiría en la jornada siguiente a comer. El plan estaba en
marcha. Rápidamente, los jinetes volvieron a contar las novedades a su jefe
para iniciar los preparativos para la captura.
Sin embargo, Atahualpa tenía su propia estrategia. «Su plan era simple: él iría ante los
españoles aparentemente sin mala intención, pero muy decidido a tomarles por
sorpresa, a matarlos junto a sus monturas, y a reducir a la esclavitud a
quienes se salvaran. Para esta emboscada, ordenó a sus soldados cubrir sus
ropajes hechos de hojas de palma con amplios vestidos de lana», señala por
su parte Lavalle.
Una increíble victoria
Al día siguiente los españoles prepararon su emboscada.
Concretamente, Pizarro estableció que el rapto de Atahualpa se llevaría a cabo
en el centro de la plaza. A su vez, ordenó a todos sus jinetes mantenerse
inmóviles hasta que él diera la orden de ataque. Todos se encomendaron a Dios,
pues sabían que su única forma de sobrevivir en aquella ciudad era capturar al
inca, de lo contrario, serían aplastados por el inmenso ejército enemigo.
Atahualpa llegó al campamento casi al anochecer, después de
múltiple insistencias. Junto a él, traía a un inmenso séquito y una ingente
cantidad de riquezas que avivaban todavía más las ilusiones españolas. En
cambio, también se destacaban en sus filas miles y miles de combatientes
ansiosos de acabar con los españoles conquistadores.
Todavía en aparente paz, el sacerdote de la compañía fue el
primero en dirigirse, con su debido traductor, a Atahualpa. Como estaba
planeado, el religioso se acercó al rey inca para pedirle que se convirtiera al
cristianismo y aceptara la palabra de Dios. De hecho, y como símbolo de sus
palabras, le entregó una Biblia al poderoso líder, el cual se encontraba
sentado en un trono transportado por varios porteadores.
Atahualpa, que jamás había visto un libro, no consiguió ni
tan siquiera abrirlo. De hecho, al poco de tratar de averiguar cómo funcionaba
aquel extraño artilugio, lo lanzó contra el suelo con odio para después acusar
a los españoles de haber robado y saqueado sus ciudades. Al parecer, esto fue
demasiado para el clérigo, que clamó, según Lavallé, venganza.
La paciencia cristiana se agotó. Pizarro, armado con su
espada, se abalanzó entonces sobre Atahualpa con un pequeño séquito para, a
continuación, dar la señal de ataque. En ese momento, los casi cincuenta
jinetes españoles se lanzaron sobre los soldados enemigos y la multitud que, al
tratar de huir, provocó una avalancha humana increíble en la que fallecieron
cientos y cientos de incas.
Por su parte, mientras los cañones y los arcabuces daban
buena cuenta de las tropas enemigas, Pizarro se abalanzó sobre el trono de
Atahualpa acompañado por una veintena de soldados. Casi en trance, la escasa
tropa atravesó y despedazó con sus espadas a la guardia personal del inca, que,
finalmente, fue capturado.
Media hora después la plaza era un caos. La mayoría de las
tropas enemigas habían huido de la ciudad con pavor. Por otro lado, casi tres mil
cuerpos, una inmensa parte de los soldados de Atahualpa, salpicaban el suelo.
Había sido una masacre, y había sido perpetrada por tan sólo dos centenares de
españoles que habían puesto en fuga a un ejército de unos 40.000 hombres.
El fallido rescate de
Atahualpa
El plan había tenido un final impecable. Tras la captura,
Pizarro encarceló en una habitación a Atahualpa, quién, en un intento de ser
liberado, prometió a los españoles llenar esa misma estancia de oro y otras dos
similares de plata si le dejaban libre. Pizarro aceptó sin dilación y, así,
comenzaron a llegar a la ciudad toneladas y toneladas de riquezas para los
conquistadores.
Tras varios meses, los españoles lograron conseguir un botín
cercano a 1.200.000 pesos, una ingente cantidad que nunca antes había sido
obtenida en ninguno de los viajes de Pizarro. Los soldados no cabían en sí de
gozo durante el reparto, pues al fin habían obtenido lo que llevaban años
buscando.
En cambio, Pizarro se retractó en su promesa y decidió acabar
con la vida de Atahualpa tras recibir falsas e interesadas opiniones de sus
allegados. Finalmente, el 26 de julio de 1533, los oficiales españoles se
reunieron y decidieron el ajusticiamiento del rey por, entre otras cosas, sus traiciones
sobre los cristianos.
Esa misma tarde, las tropas españolas se reunieron en la
plaza de la ciudad para poner fin a la vida del mandatario. «El inca fue amarrado a un tronco de árbol y
se colocaron a sus pies haces de leña, pues se había tomado la decisión de
quemarlo vivo por idólatra», destaca el escritor.
En cambio, los sucesos dieron un giro después de que el
clérigo español instara a Atahualpa a recibir los santos sacramentos antes de
morir para, así, no fallecer en pecado. «Atahualpa
habría preguntado adónde iban los cristianos después de su muerte. Frente a la
respuesta de que eran enterrados en una iglesia, el inca habría declarado
entonces su voluntad de ser cristiano. Añade en el texto Lavallé. Por ello,
finalmente fue bautizado y, en lugar de ser quemado vivo, murió ahogado”.
La muerte de Pizarro
Después de la proeza llevada a cabo con sus 200 hombres, la
suerte dejó de sonreír a Pizarro, que acabó enemistado con otro de los
conquistadores españoles, Diego de Almagro. El enfrentamiento llegó a tal nivel
que ambos se enfrentaron en una batalla decisiva en la que vencieron las tropas
pizarristas.
Tras la muerte de Almagro –el cual fue ajusticiado después de
ser enjuiciado por los hermanos Pizarro-, una docena de sus partidarios
atacaron por sorpresa a Francisco en su casa de Lima el 26 de junio de 1541.
Finalmente, y a pesar de que se defendió hasta el final, el viejo conquistador
español cayó muerto de una estocada en la misma ciudad que había fundado sólo
seis años antes.
Fuente:
http://www.abc.es/historia-militar/20130524/abci-pizarro-conquistador-vencio-soldados-201305232021.html
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