BATALLA DE SAN FRANCISCO (O DE CERRO DOLORES), 19 NOVIEMBRE DE 1879…LA BATALLA QUE NADIE QUIERE RECORDAR

BATALLA DE SAN FRANCISCO (O DE CERRO DOLORES), 19 NOVIEMBRE DE 1879…LA BATALLA QUE NADIE QUIERE RECORDAR


A principios de noviembre de 1879, las tropas peruanas se encontraban cruzando el desierto de Tarapacá, por la sección de El Tamarugal, en medio de arena y grava donde el calor llega entre los 35 y 40 grados de temperatura, con arreos de combate, fusil los que tenían la fortuna de tenerlo, con manta, mochila y un gorrito con tapa cuello; toda esta indumentaria y equipo aunado a la falta de agua y descanso, hacía que hacía que los pobres soldados cayeran desmayados y muertos en medio de la travesía. Travesía que tenía la intención de juntar a las tropas peruanas y bolivianas para hacer una gran batalla contra los expedicionarios chilenos recién desembarcados.

Los bolivianos que nos metieron en la guerra, como que no llegaron en la cantidad suficiente y menos con la preparación debida, una parte de ellos se unió a la fuerza peruana en Negreiros. El resto de tropas bolivianas con su presidente Hilarión Daza acantonados en Arica, parte a Camarones y al enterarse que su compatriota, el general Narciso Campero venía con otros soldados a darle un golpe de estado, decide regresarse a Arica, acto que generó confusión en las tropas bolivianas que venían con las peruanas a darle el encuentro.

Luego de una caminata de varios días por parte de las tropas aliadas, sin que la mayoría hubiera tomado agua, y con los soldados humedeciendo sus bocas con una bala debajo de la lengua (pues ni siquiera había piedras de un tamaño apropiado en el arenal), llegaron al pozo de Dolores, al pie de una cadena de cerros donde el San Francisco dominaba la pampa.

Era tan buen sitio, que todos los chilenos ya estaban allí arriba hace un par de días, con sus 34 cañones apuntando como erizos hacia todos lados. Hay que reconocerlo. Las peleas la ganan los más vivos y los más rápidos. O sea.

A los oficiales, unos caballeros, por supuesto, ni se les ocurrió disparar, y a los nuestros mucho menos montar un cerco y dejar sitiados a los chilenos allí arriba para que murieran de sed y de insolación. Era obvio que siendo las tres de la tarde, para todos era lógico que mejor se descansaba de la travesía por el desierto, se pasaba rancho, y ya luego se vería cómo se resolvía la batalla el día 20. Es en serio, así se hacía antes la guerra, casi casi con horarios.

Por supuesto, eso eran los oficiales. La tropa era de otro colegio. Suárez, Cáceres, Buendía y los demás estaban en una tienda de campaña, los mapas sobre la mesa, cuando se empezaron a oír tiros. Luego más tiros, y luego cañonazos y, en fin, una balacera infernal, que cuando salieron a ver qué pasaba, se encontraron a los soldados peruanos cargando cerro San Francisco arriba, sin hacer formación, sin orden, sin estrategia y por supuesto, sin oficiales.

Imaginen cómo era la cosa: arriba, los seis mil, siete mil chilenos disparando a batallones peruanos que venían ascendiendo; estos mismos batallones a mitad del cerro disparando para arriba, cuando de repente, empiezan a caer muertos y heridos, pero heridos por la espalda, porque los que todavía no subían (los soldados bolivianos) disparaban a lo loco hacia arriba, pegándole la mitad de las veces a las rocas, y la otra mitad a los uniformes blancos de los nuestros, pues desconocían que para apuntar a un blanco a distancia (como lo estaban las tropas chilenas en la cima del cerro), debían de levantar la mira del rifle puesto que la bala describe una curva en su recorrido…ergo, sus balas impactaron a los peruanos que estaban a la mitad del ascenso. Y se armó el de todos contra todos. Peruanos contra bolivianos hacia abajo, bolivianos contra peruanos hacia arriba, chilenos contra peruanos para abajo, peruanos contra chilenos hacia arriba, bolivianos contra chilenos hacia arriba, y chilenos dejando en paz a los bolivianos hacia abajo, porque estaban haciendo un muy buen trabajo, los chicos.

Peruanos y chilenos llegados al cuerpo a cuerpo, pelearon como bravos, como refiere el testimonio de un soldado expedicionario del Atacama:

“He tenido ocasión de ver a dos soldados muertos, José Espinoza, y un peruano del Zepita; ambos estaban cruzados por sus bayonetas y como si aún no fuera bastante, esos valientes se hicieron fuego, quedando enseguida baleados en el pecho”.

Belisario Suárez también cuenta en su parte oficial de la batalla, cómo vio todo el caos: Su testimonio está allí, para que luego no se crea que soy yo agarrándole bronca a los vecinos del altiplano:

“Mientras tanto, sordos a la corneta, indóciles al ruego, a la amenaza, a la exhortación y a todo, los soldados bolivianos sin jefes, continuaban su obra con la precipitación y frenesí propio de quien no tiene otro objeto que hacer incontenible el desorden. La conducta de las divisiones bolivianas (...) hicieron irreparable la primera imprudencia, que nos improvisaron un campo de batalla inesperado y más digno de atención que el del enemigo”.

Y si tampoco creían eso de sentarse a almorzar con los enemigos a tiro de vista, don Belisario también lo cuenta:

“La jornada había concluido por ese día y me retiraba a dirigir y presenciar el reparto de las raciones, cuando los primeros tiros del cañón enemigo y un vivísimo fuego de fusilería, me obligaron a regresar a las posiciones avanzadas, en las cuales, sin orden alguna, se había comprometido un verdadero combate. Las columnas ligeras de vanguardia organizadas en días anteriores, escalaron el cerro fortificado y no tardaron en seguirlas los cuerpos de la división Vanguardia; el batallón Ayacucho y algunas otras fuerzas de la división primera. Tres veces ganaron nuestros valientes la altura y desalojaron a los artilleros apoderándose de las piezas bajo el fuego de los Krupp, de las ametralladoras y de una infantería muy superior defendida por zanjas y parapetos; pero las fuerzas del ejército aliado en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo”.

Los chilenos estaban sin entender claramente qué pasaba allí abajo. Suárez lo sigue explicando. De no tratarse de documentos históricos, pasaría por una mala broma.

“El campo se cubrió de esos soldados fuera de filas que disparaban desde largas distancias, avanzaban a capricho o escogían un lugar para continuar quemando sus municiones sin dirección ni objeto; en cada sinuosidad del terreno, tras de cada montón de caliche y aún en cada agujero abierto por el trabajo, había un grupo que dirigía sus fuegos sin concierto, sin fruto y produciendo un ruido que aturdía y confusión que no tardó en envolverlo todo. (...)Aun cuando yo intenté dirigir la altura, el ataque en que estábamos empeñados, ya que, sin plan, con ejemplar denuedo, enseñaba al enemigo a respetar nuestra bandera, que se señoreaba de sus parapetos; pero tuve que abandonar con bien ese empeño a ruego de los soldados heridos por la espalda mientras combatían denodadamente”.

Allí lo dice. Heridos por la espalda.

Referencia:

1.      Gastón Gaviola. “San Francisco, la batalla que los chilenos no sabían que ganaron”. Diario Correo, 19 de noviembre del 2015.
2.      César Vásquez Bazán. cavb.blogspot.pe/2010/11/victoria-en-tarapaca-belisario-suarez.

3.      Resumendehistoria.com/2013/11/batalla-de-san-francisco-resumen

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