ANÉCDOTA DEL ALMIRANTE MIGUEL GRAU SEMINARIO. PERCY ZAPATA MENDO.

ANÉCDOTA DEL ALMIRANTE MIGUEL GRAU SEMINARIO

El 16 de mayo de 1879 a las 17:00 horas,  el zambo Rentería rezongaba por la cubierta del monitor “Huáscar”. Era un zambo alto y musculoso como pescador chalaco que era. El zambo era apodado “Real Felipe” por la fortaleza chalaca y era temido por todos los playeros del Callao. Al zambo envanecido por su invicto prestigio de valiente, lo enviaban a trapear la cubierta del monitor “Huáscar”, cuando él se había ofrecido de voluntario. El guardián Tiburcio Ríos creyó preferible corregir con eso, la arrogancia del gigante, que mandarlo de regreso a tierra. El contramaestre Dueñas aprobó la idea de Tiburcio Ríos, y se le ordenó al zambo a trapear la cubierta del monitor, antes de la llegada del comandante, capitán de navío Miguel Grau. El zambo obedeció de mala gana.

Cuando la lancha del comandante apareció, a Rentería se le ocurrió espesar su jaboncillo y cuando Grau asomó por el portalón y recibía los honores de la tripulación y de sus oficiales, Rentería escogió ese preciso instante para echar un baldazo de su jaboncillo en cubierta, mojándole los zapatos y el pantalón al comandante.

"¡Marinero!", tronó el comandante Grau. Rentería miró con desgano al comandante, miró con desdén a las insignias de capitán de navío y le dio la espalda, diciendo “¡Chis!”. El contramaestre Dueñas, murmuró: “Te fregaste zambo”. El capitán de navío Miguel Grau Seminario, que en una fracción de segundo evaluó la situación dijo:

-“¡So bribón!” y paralelamente volteó al zambo y le engarfió la manazo izquierda capaz de romper una baraja inglesa de un tirón y lo levantó del suelo.

El soldado Hurtado del batallón “Ayacucho” levantó su fusil, Tiburcio Ríos agarró una pica. El segundo comandante capitán de fragata, Ezequiel Otoya contuvo a la tripulación con la mirada, mientras Grau levantaba con la mano izquierda al descomunal zambo hasta que sus pies quedaron colgando buscando piso como un ahorcado. “Real Felipe” supo que una fuerza superior a las que había conocido hasta entonces lo sujetaba y descubrió mucho más que unos ojos enrojecidos cual llamaradas por la indignación a un palmo de distancia: vio descargas de cañón de grueso calibre, hachas de abordaje, peste y hambruna; y los ojos de Grau, asustaron por primera vez a Rentería. El comandante lo sostuvo unos segundos, y mirándolo directo a los ojos, supo Grau que el marinero se había arrepentido, lo depositó en el piso y dijo:

· “¡Contramaestre!”
· “¿Señor?”
· “Laven la cubierta”
· “¡Sí, señor!”.
“Caballeros”, dijo Grau pausadamente, como si nada hubiera ocurrido, “tenemos mucho que hacer”.
· “Perdón, comandante…”
· “Diga Usted, Dueñas”
· “…creo que el marinero merece unos azotes…”
· “No hay necesidad”, cortó la voz de Grau, “ya lo he castigado”.


Miguel Grau, a bordo del Huáscar al ancla en el Callao, el 16 de mayo de 1879.

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