LA MEDICINA Y LA MUERTE. PERCY ZAPATA MENDO.


LA MEDICINA Y LA MUERTE


Cuando era niño y mi madre me llevaba al doctor, uno de los cuadros con que el médico adornaba su sala de espera y que más me gustaba era una alegoría de la medicina (esto yo no lo sabía en esa época), representada por un médico luchando desesperadamente contra un esqueleto para rescatar a una mujer joven del abrazo de la calavera. Lo que yo veía era una acción valiente y heroica, realizada por el personaje profesional por quien mi madre tenía la mayor admiración y respeto; obviamente, sus enemigos eran también los míos. Así fue como identifiqué por primera vez a la Muerte: como la enemiga jurada del médico y de la medicina.

Como en los cuentos, pasaron muchos años y yo me hice médico. En la universidad aprendí mucho y en la vida profesional he aprendido todavía más, tanto sobre medicina como sobre la muerte, pero especialmente sobre sus relaciones mutuas. Hace ya mucho tiempo que he cambiado mi opinión inicial sobre las funciones de la medicina en relación con la muerte. Ese es el tema de estas líneas, pero aseguro al amable lector que no son ni morbosas ni tétricas; simplemente pretenden ser un resumen de la visión de un médico contemporáneo sobre un fenómeno biológico general.

En primer lugar, debe aclararse una realidad señalada con poca frecuencia: las funciones oficiales de la medicina contemporánea son preservar la salud o aliviar la enfermedad. Nada más, pero también nada menos. Hace algunos años, la Organización Mundial de la Salud propuso una definición de salud que dice: ".... no es nada más la ausencia de enfermedad sino el completo bienestar físico, psicológico y social." Es obvio que si los médicos estuviéramos obligados a aceptar esta definición nuestro trabajo estaría en principio condenado al fracaso, pues se necesitan poderes sobrenaturales para poseer simultáneamente influencia decisiva en la fisiología humana, en la psicología y en la estructura de la sociedad. Por lo tanto, conviene preguntarse qué significan las palabras "salud" y "enfermedad" para la medicina y los médicos, en vez de lo que significan para políticos y funcionarios.

Se trata de conceptos fundamentales, no sólo para los médicos sino para todo ser viviente; sin embargo (y quizá por eso) están muy lejos de ser simples o universalmente aceptados. Yo entiendo por salud la capacidad funcional normal de un individuo, determinada en condiciones estándar y comparada con la eficiencia promedio de la especie. La enfermedad sería un tipo de estado interno que disminuye la salud, o sea que reduce una o más capacidades funcionales por debajo del nivel de la eficiencia promedio. De acuerdo con las definiciones anteriores, el trabajo de los médicos podría ser más o menos difícil pero nunca indeterminado o sujeto a sorpresas inesperadas. Sin embargo, algo esencial falta en las definiciones previas de "salud" y "enfermedad", porque los médicos las pasamos verde tratando de ayudar a nuestros enfermos. Lo que falta es lo que incluye la palabra "padecimiento" y que está ausente del concepto biológico de enfermedad. Se trata de lo que piensa y siente el enfermo, o sea un universo complejo de emociones, sufrimientos, miedos, esperanzas, incapacidades, molestias físicas, dolores, tragedias y claudicaciones que caracterizan su papel de "enfermo" entre los demás actores en nuestra sociedad.

Pero si los objetivos de la medicina son preservar la salud y curar o aliviar la enfermedad, ¿en dónde aparece la muerte? Se trata de un fenómeno biológico universal, quizá el único al que ningún ser vivo ha escapado o puede aspirar a escapar en el futuro. Si agregamos a los objetivos de la medicina la lucha contra la muerte, automáticamente la transformamos en una actividad fatalmente destinada al fracaso y, por lo tanto, propia de masoquistas o "perdedores" irredentos.

La única forma como la medicina se enfrenta a la muerte es cuando ésta es "evitable" o "prematura". Ningún médico tiene problemas para ejemplificar lo que tal concepto significa: un niño de 9 años de edad no debe sucumbir a la difteria, un adulto de 55 años no debe morirse de su primer infarto del miocardio; en estos dos casos se justifica la pelea sin cuartel y sin reposo contra la muerte. Pero también ningún médico puede soslayar la existencia de muchos otros enfermos para los que la muerte es ya la única solución natural de sus múltiples problemas, para los que la prolongación de la existencia es o una crueldad inútil (cuando están conscientes) o una opción irrelevante (cuando han perdido la conciencia).

Por estas razones, siempre me he opuesto a que la medicina agregue a sus obligaciones la "lucha contra la muerte". Me parece que todos los participantes en la comedia (¿O tragedia?) de la vida, médicos, enfermos, familiares y otros, se verían beneficiados si se acepta que el objetivo último de la medicina es lograr que el hombre muera joven y sano, lo más tarde que sea posible. En otras palabras, la medicina tiene que ver primariamente con la salud y con la vida, sus intereses centrales son la profilaxis de las enfermedades y la recuperación de los pacientes a una existencia lo más parecida a la vida plena y completa de los sujetos completamente sanos. Enfrascados en esta tarea, la medicina se encuentra con la muerte; el contacto no es ni inesperado ni bienvenido, pero no es el enfrentamiento con un enemigo sino con la realidad. Cuando se tienen todos los elementos necesarios a la mano, el médico puede hacer una decisión que favorezca los intereses y el bienestar de todos los participantes en el episodio, incluyéndose a sí mismo; tal decisión no incluye (no debería incluir) el peso moral de la obligación ciega de "luchar contra la muerte".

La medicina y la muerte no son enemigos permanentes sino ocasionales; incluso existen circunstancias en que no sólo son aliadas sino amigas, y otras (menos frecuentes) en que hasta pueden actuar como cómplices. Pero de todo lo anterior surge otra vez el tema de estas líneas, que es la ausencia de la lucha contra la muerte entre los objetivos de la medicina de nuestros tiempos.

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