La palabra empeñada


La palabra empeñada

Muerte de Pizarro
Lima, 05 de junio de 1541. La capital del virreinato del Perú se encontraba agitada al término de la guerra civil entre los conquistadores españoles, que tuvo como desenlace la derrota del bando almagrista y la ejecución de don Diego de Almagro “El Viejo” y sus principales capitanes. Los pocos sobrevivientes de “Los de Chile” – como se les conocían a los almagristas -, vivían con el temor que el marqués don Francisco Pizarro, en un cambio de humor, tornase su indiferencia en interés por terminar con los últimos vestigios de las huestes de su anterior camarada de aventuras, así que determinaron asesinarle preventivamente y colocar en su lugar, al hijo de su amado líder, don Diego de Almagro “El Mozo”. A pesar de las reservas con que realizaban sus conciliábulos Los de Chile, se filtró la información y fue de dominio público y del mismo marqués, pero éste hizo caso omiso a las advertencias que se hacían en salvaguarda de su vida y optó por dedicarse a la administración del país y en hacer crecer y prosperar la Ciudad de los Reyes.

No obstante, las noticias de apremios bélicos se hicieron tan intensas, que don Francisco Pizarro decidió tomar el toro por las astas y citó a palacio de gobierno a don Juan de Rada, principal vocero de Los de Chile:

  • ·        ¿Qué es eso don Juan, de que andas comprando armas para matarme?
  • ·        Es cierto que compré dos corazas y una cota de malla señor marqués, pero lo hice sólo con el afán de defenderme…
  • ·        ¿Defenderte? ¿De qué o de quién? ¿Qué te mueve armarte ahora más que antes que las cosas estaban convulsas?
  • ·        ¡Pues de usted señor Marqués! Es sabido por todos que usted anda comprando lanzas para acabar con nosotros, Los de Chile. Y no es de extrañarse, pues si muerta está la cabeza en la persona de nuestro jefe, no veo porqué tendría usted contemplación con los pies.
  • ·        Amigo Juan, permíteme sacarte del error y explicarte cómo han sido las cosas. El otro día salí con mi familia de cacería por los alrededores de Pachacámac, pero a medio camino y por el apuro y entusiasmo, nos percatamos que ninguno traía lanza, por lo que envié a mi criado a comprar una, pero él no quiso hacerse problemas con el vuelto y en vez de comprar una lanza, compró seis. ¡Líbreme Dios de querer hacerles daño a usted y a los suyos!
  • ·        Entonces señor mío, si usted no nos tiene inquina y para mayor tranquilidad de nuestros pescuezos, y en salvaguarda de la vida del hijo de mi líder, le pido destierre a don Diego de Almagro el Mozo y a mí con él, que estando lejos de su poder e influencia, hemos de sentirnos libres y tranquilos de cualquier mal.
  • ·        Ay Don Juan, don Juan, don Juan…Aleje toda duda de su corazón, que ningún mal les deseo a ustedes, y menos al chiquillo a quien estimo por ser el hijo del que fuera una vez mi amigo. ¿Por qué clase de hombre me ha tomado usted, que se la ha cruzado la idea que yo sería capaz de matar a un niño? Deseche todo tipo de escrúpulo mi querido don Juan. Y como muestra de mi afecto, lleve usted a su grupo, estas seis naranjas que acabo de cortar, y que son las primeras que ha producido este naranjo sembrado por mí mismo.
  • ·        Siendo así, acepto esta ofrenda de paz y me retiro con la conciencia tranquila señor marqués.
  • ·        Vaya con Dios, don Juan.


26 de junio de 1541, 9:20 am. Una turba de almagrista comandados por don Juan de Rada toma por asalto palacio de gobierno, asesinan a un capitán de la escolta y a dos alabarderos que se encontraban de guardia, irrumpen violentamente en los interiores y son detenidos en uno de los pasadizos por el anciano marqués, quien se encontraba acompañado en ese momento por su hermano de madre, Martín Alcántara, su amigo Juan Ortiz y dos pajes de cámara.

  • ·        ¡Qué lisura! ¡Traidores! ¿Viniendo a mi casa a querer matarme después que juraron que todo estaba en paz? ¡Qué desvergüenza! ¡No merecen el título de “don” si actúan como unos vulgares bandoleros! – gritaba furioso don Francisco Pizarro mientras se batía con su espada, manteniendo a raya a los conjurados y poniendo fuera de combate a otros. Y al tiempo que ensartaba por el vientre a uno de los asaltantes que Rada había empujado sobre él, Martín de Bilbao le acertó con una estocada en la garganta.
  • ·        ¡Jesús! – exclamó el anciano, y cayó haciendo con el dedo una cruz en el suelo con la sangre que le manaba del cuello y besándola. Entonces uno de Los de Chile, Juan Rodríguez Barragán, cogió una garrafa de barro de Guadalajara y se la estrelló sobre la cabeza del anciano marqués, quien exhaló su último aliento.


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