EL ORIGEN DE LOS MALES . PERCY ZAPATA MENDO.

EL ORIGEN DE LOS MALES 


      
Después de un poco más veinte siglos de redención, tuvo el Salvador la peregrina ocurrencia de darse un paseo por la tierra, con el objeto de ver en qué estado se encontraba el mundo bajo el mando de las caritativas doctrinas que él había predicado, y de las que las múltiples Iglesias de ahora se habían autoproclamado como sus depositarias. Como era natural, había traído Jesús plenos poderes de su Padre Celestial para hacer y deshacer, y aún para repetir, si lo creía conveniente, la tragedia que padeció en el calvario.

Jesús encontró esta tierra más pervertida y malvada que antes; sin gran trabajo había encontrado muchos Judas que le vendieran por menos de treinta monedas y Pilatos que le condenaran de nuevo, previo lavado de manos. Inmensa pena tuvo el buen Jesús al ver que su sacrificio había sido inútil. Pero comprendió que gran parte de la culpa de este desastre moral y del fracaso de la Buena Nueva se debía a la solapada intoxicación de las almas por parte de ciertos líderes de opinión tomados como cultos por el vulgo, o de ciertos personajillos de lengua dorada y pluma fácil que escribían con destreza libros de autoayuda, pero tergiversando su mensaje divino. En cierto modo los hombres eran inculpables, y por eso el corazón de Jesús se llenó de amargo desconsuelo y tierna compasión; y si un momento fulguraron en sus ojos azules un destello de cólera o despecho. ¡Qué hacer! ¡Nada!, dejar que el mundo siguiera rodando y el demonio engulléndose las almas a más y mejor. No había remedio. Y dos lágrimas fueron a perderse entre los rizos de su barba castaña…

       Jesús comenzó a ascender una montaña para lanzarse al cielo desde la cumbre, cuando encontró a un viejo que recogía hierbas medicinales. El viejo, a pesar de sus setenta y seis años, tenía muy buena vista y se fijó en que las manos de ese joven que estaba parado frente a él estaban perforadas y que algo como un nimbo de luz muy tenue rodeaba su cabeza. Inmediatamente corrió dejando su atado de hierbas sobre una roca, alcanzó al Salvador y se echó a sus pies derramando abundantes lágrimas.

       - ¡Ah, mi buen viejo, me has reconocido!,- le dijo Jesús levantándole afablemente - ¿Qué gracia quieres que te haga?

       -  Para mí ninguna, Señor, pero sí para la humanidad.

       - Bien quisiera llevarme a la humanidad al cielo, pero no es posible, anciano... Están muy malogrados los hombres y me convertirían el cielo en un infierno.

       - ¡Oh, Señor!, -siguió el anciano con candorosa ingenuidad- la humanidad ha sufrido mucho por el pecado del primer hombre, que dio entrada al infortunio sobre la tierra. Si volvieras a ella tu mirada de perdón, volvería la felicidad a acariciar las almas; la fe y la ventura correrían como un río apacible por las conciencias, y se apaciguarían para siempre, al soplo de tu infinita misericordia, la tormenta espantosa en que tantos hijos tuyos sucumben y se hunden por una eternidad en los abismos del infierno.

       - ¡Pobre anciano! Eres el portador de las angustias humanas, de los arrepentimientos tardíos y de las plegarias de los desdichados... Pero ¿No sabes acaso que el mal y el dolor son floraciones inevitables del pecado?

       - ¡Oh, Señor!, pero tú podrías cegar una de las muchas fuentes del pecado.

          Jesús no respondió. El viejo era testarudo y siguió exigiendo:

       - Si suprimieras la enfermedad, Señor... La enfermedad engendra la desesperación, Señor, y ella es el asidero del demonio para conducir a las almas a su horrible imperio.

       - Bien, piadoso anciano; voy a complacerte: desde hoy no habrá enfermedades. Dentro de algún tiempo nos veremos en este mismo lugar y me referirás como le va a la humanidad gozando de salud.

       El cuerpo de Jesús se deshizo como la niebla desaparece súbitamente al ser basada por un tibio rayo de sol canicular, quedando en el espacio que ocupó su cuerpo un perfume superior al de todas las florestas. Desde ese día sanaron los enfermos de todos los hospitales, como por ensalmo; las heridas se cerraron inmediatamente; los médicos, farmacéuticos y boticarios se dedicaron a otras profesiones, y las Facultades de Medicina de todos los países fueron clausuradas por inútiles. La enfermedad llegó a ser una tradición, y la terapéutica llegó a ser un estudio de mera erudición, como el viejo Sánscrito. La gente se moría dulcemente al llegar a los noventa años. Pero el número de condenados no disminuyó.

       Al cabo de algún tiempo volvieron a encontrarse Jesús y el viejo.

       - ¿Y bien, buen anciano?, - interrogó el Salvador con sonrisa enigmática, que iluminó el rostro melancólico con fulgores de bondadosa picardía.

       - ¡Oh, Señor!, los hombres se condenan lo mismo que antes; pero yo sé por qué es: es por la miseria, Señor; es por la miseria que se desesperan y condenan. Suprime la miseria, Jesús mío.

       -¡Sea!- contestó Jesús.

       Inmediatamente se llenaron de oro las gavetas de los comerciantes quebrados que estaban a punto de suicidarse. Los árboles hacían alarde de derrochar sus frutos, y los campos de trigo dieron abundante cosecha. Todo el mundo tuvo con qué satisfacer sus necesidades ampliamente, y Carlos Slim y Bill Gates, por capricho de archimillonarios, ofrecieron obsequiar con la mitad de su fortuna al que le llevara un mendigo. ¡Qué deliciosa abundancia la de la tierra! Y sin embargo, en la contabilidad del demonio, la lista de ingresos permanecía inalterable.

       Al año siguiente se repitió la entrevista.

       - Señor, es el odio de unos hombres a otros lo que les hace infelices y les arrastra al pecado y del pecado a la condenación. Si los hombres se vincularan por una confraternidad dulce y tranquila, si se sintieran instintivamente impulsados al mutuo amor se habría salvado la humanidad. ¡Oh, Señor, apaga con tu divino aliento la tea roja del odio, extingue la sangrienta llamarada de la guerra, y verás como el ángel de la felicidad cierra las puertas del infierno!

       - Anciano, lo que me pides es más difícil... En fin… ¡Sea!

       Desde ese día no hubo celos, porque los hombres se amaban y respetaban tanto, que no deseaban la mujer de su prójimo y evitaba toda convergencia. La pólvora adquirió la buena propiedad de no arder, y por consiguiente perdieron su objeto las funciones de cañones, las fábricas de misiles y armas de fuego. Las cuchillas y verduguillos se volvieron quebradizos y se rompían al menor golpe; de modo, pues, que no habiendo ya el medio de hacer eficaz y activo un odio, éste tuvo que desaparecerse, como desaparecería el sentido de la vista si desapareciera la luz. Era de verse como todos los hombres se hablaban y se elogiaban con sincera cordialidad. Todos los asuntos se arreglaban tan satisfactoriamente y no había necesidad de recurrir a los abogados y a los jueces. Éstos tuvieron que dedicarse a dormir o a ocuparse en alguna otra actividad.

       Durante varios años no volvió a aparecerse Jesús al buen anciano, ¿Qué más podía desear éste para la humanidad? Era seguro que el demonio estaría arrancándose los chamuscados cabellos y dando cornadas de impaciencia contra la puerta del infierno, puesto que era probable que nadie se condenaría. ¿Quién iba a pensar en condenarse gozando de perfecta salud, sintiendo, como inefable caricia del alma, esa fraternidad universal, y para colmo de dicha la despreocupación del porvenir? Había pan, amor y salud para todos, y era indudable que esta apacible y tranquila condición de vida sería una bendición de Dios... Pues, ¡No, Señor!; a los tres años de esta vida los hombres se condenaban tanto como antes. Como nada se puede tener oculto en esta Tierra, llegaron los hombres a enterarse a quién debían este delicioso estado de fácil bienaventuranza: a nuestro buen viejo. Y un día enviaron delegados al longevo con una plegaria tan extraña que éste se horrorizó. Cuando estuvo solo, el anciano se puso a llorar de vergüenza y conmiseración hacia esa humanidad tan ingrata como ingobernable, tan insaciable como loca. Espera con tristeza y desconsuelo el día de la entrevista con el Señor ¡Cuál no sería su asombro al entrar un día a su casa y ver resplandeciente el cuerpo del crucificado al fondo de su alcoba! La faz de Cristo tenía una expresión de cariñosa ironía. El viejo cayó de bruces acongojado por la humillación y el dolor

       - ¡Señor, Señor, -murmuró- muérame yo de vergüenza si volviera a interesarme por la humanidad tan ingrata e inicua, no hay salvación para los hombres: el vicio está muy arraigado en sus almas!

       - ¿Qué pasa buen anciano? ¿No están contentos los hombres con la paz, la salud y la holgura?... No te desconsueles, que les concederé la nueva gracia que me pidas. Habla…

       La vergüenza y el sufrimiento del viejo crecieron.

       - ¡Oh Señor!...
                     
       - Habla…

       - Señor, los mortales de la tierra están desesperados por la felicidad y quieren que te dirija en su nombre esta plegaria: ¡Señor, vuélvenos a nuestra primitiva condición de victimas del mal y del dolor, porque ella es infinitamente preferible a esta bienaventuranza fácil, que extingue el deseo y que no es obra del esfuerzo!

       - Tienen mucha razón los hombres- respondió Jesús.

       Esto era tan incomprensible para el anciano, que si lo hubiera escuchado de otros labios que no fueran los divinos, habría pensado que oía la más espantosa herejía. No se atrevió a interrogar, pero en sus labios pugnaba por salir la pregunta del porqué de esa respuesta mientras miraba con los ojos casi desorbitados e incrédulos al Hijo del Creador.

       -¿Por qué? -prosiguió el Salvador, sonriendo- porque suprimiendo la enfermedad, la miseria y la lucha hemos creado, buen anciano, la indolencia; es decir, el mayor pecado y la mayor condenación.


       Y nuevamente los tres suprimidos flagelos cayeron sobre la tierra.

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